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Una tarde de sábado, soleada como cualquier otra, un padre pasea apaciblemente con su hijo de diez años por el Jardín Zoológico. En algún momento se detienen frente a la jaula de un extraño felino que, adormilado en un rincón, pasa desapercibido en su pequeño y monótono recinto. El chico, de puro curioso, se entretiene leyendo el cartel de la jaula y se sorprende de la cantidad de nombres que le aplican a este animal en gran parte de América. Se entera, por ejemplo, que Yaguareté quiere decir "verdadera fiera" en guaraní y que en el mismo idioma también le dicen yaguá-pará o chiví-guazú.
Que en Argentina también lo solemos llamar Tigre, Yaguar, Overo, Pintado, Manchado o Sacha Tigre.
Que las distintas parcialidades aborígenes lo conocían de distintos modos: Nahuel o Nawell los mapuches;
Halschehuen, Challue o Jalue los tehuelches; Ki-dóc los pilagás; Yahuá o Iahuá los
chiriguanos; Tiog los wichí. Que la comunidad kolla aún hoy le dice
"Michilo". Que sus nombres quechuas son Uturuncu,
Inturuncu, Oturunco u Otorongo.
Que fuera del país le dicen Onça Pintada, Cangusú o Cangusú en Brasil ; Tig Marque en la Guyana Francesa, Penitigri en Surinam y Tigre Real, Tigre
Mariposo, Tigre Serrano, Mano de Lana o Mano de Plomo en Colombia. Que en muchos lugares del continente se lo llama Jaguar, versión europeizada del autóctono nombre Yaguar. Que a los que son totalmente negros ("melánicos" reza el cartel) se los denomina Yaguareté Hu en guaraní y nombran Onça Preta los brasileros. Que nuestros paisanos creen que como aparece con solo nombrarlo, evitan hacerlo y lo llaman elípticamente "el bicho", "el pintado", "el petiso" o simplemente, "Él".
Padre e hijo, quedan perplejos ante tamaña catarata de denominaciones. El padre cancherea una sonrisa y comenta irónico si no serán muchos nombres para un solo gato. En eso están cuando, quizás tocado en alguna escondida fibra íntima, el viejo Yaguareté, condenado desde hace añares a esa jaula escasa, sale de su letargo y se va incorporando despaciosamente. Husmea el aire con curiosidad, se acerca un par de trancos a la reja y clava fijamente sus ojos amarillentos y brillantes en los del niño. Entonces lanza al aire un formidable rugido, prolongado, destemplado e hiriente.
El chico, sorprendido, se queda paralizado presa de un miedo visceral que nunca imaginó pudiera tener y aprieta muy fuerte la mano de su padre, que también -digámoslo- ha perdido algo de color. Lo mira asustado y escucha como en voz alta su viejo se corrige: "Es mucho gato para un solo continente".
Norberto Ángel Nigro ©.
Desde la Red Yaguareté estamos trabajando para que todos los Tigres confinados al cautiverio cobren un sentido y ayuden también de alguna forma a la conservación de aquellos que -gracias a Dios- aún merodean nuestros hermosos montes. Si trabajás en algún Zoológico o establecimiento que tenga Jaguares cautivos y te interesa hacer algo al respecto, contactate con nosotros.

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