De aquel infatigable viajero que
recorrió Sudamérica, a mediados del Siglo XIX,
Alcide d’Orbigny, hoy recordamos una curiosa
anécdota que le relataran sus compañeros de
travesía, acaecida en tierras correntinas:
“Al principio el pasaje era arcilloso y
observamos que estaba todo cubierto por huellas de
jaguares de distintas edades. Para que hubiera
tantas y tan recientes, debía ser el camino que
habitualmente los llevara del Rincón de San Luis a
tierra firme, para dar caza a los animales. De
cualquier manera atravesamos la charca, bastante
ancha y sobre todo apreciablemente profunda, y al
otro lado seguimos viendo los mismos rastros de
yaguareté. Los que nos acompañaban no estaban muy
tranquilos. Todos rivalizaban en referir hazañas
del tirano del nuevo mundo y, entre los relatos,
que el miedo de los narradores seguramente
condimentaba con algo de maravilla, recogí un
hecho que de ser cierto ha de parecer bastante
singular. Dos chicos de una estancia que recorrían
el campo montados en un caballo, cuya montura
tenía atado un lazo, como es costumbre,
encontraron un jaguar dormido. Uno de ellos
propuso al otro que lo esperara sin desmontar,
mientras él iría a poner muy suavemente el lazo al
cuello del animal, para atraparlo. Dicho y hecho.
Uno contiene el caballo, corre el otro al jaguar,
le pone el lazo, vuelve, monta y partiendo a todo
galope los dos pequeños héroes enlazan la bestia y
la arrastran en triunfo hasta la estancia, durante
más de una legua. ¿Qué debe sorprender más, en
este episodio: la temeridad de los párvulos o su
ignorancia del peligro? Me inclinaría por lo
último, porque ¿qué ser razonable se pondría de
tal modo y sin necesidad entre las garras de un
jaguar dormido, que puede despertarse en un
instante?”
Tomado de: Alcide d'Orbigny -1998-
"Viaje por América meridional I". 526 págs. Ed. Emecé.
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