Apuntes de la Selva Misionera,
Primera expedición por los arroyos de la Reserva Yaguaroundí,
por el corazón de las sierras centrales.

   Firmá nuestro Libro de visitas        <-- Click acá

10 de Enero del 2003

Galería de Fotos
Click para ampliar

El punto de partida.
Descansando plácidamente.
Cruzando una corredera.

  Yaguaroundi

Expedición por los arroyos de Yaguaroundí.

El drama Guaraní

 

6.765 miembros

  Artículos

 interesantes

El Valor del Monte

Enviar esta página
a un conocido
Tu Nombre:

Tu E-mail:

E-mail de tu Amigo:

Tus comentarios:

Recibir copia: 


Jaguares a
tus Favoritos

Jaguares como
página de Inicio

 

Por Franco Vacarezza, de San Fernando.
Fotos: Ing. Marcela Sánchez.

Un tramo navegable, las correderas nos obligaron en más de una oportunidad a levantar nuestras canoas y moverlas a pie, pero el esfuerzo valió la pena. La expedición será inolvidable.PLANES

La tarde se había comido las fuertes claridades que azotaron el bosque, y la noche había envuelto a la tarde firmemente. Dormían las botas sobre la madera colorada y las mariposas se agolpaban sobre la tela de la puerta.

Marcela y Martín analizaban a la luz del farol el mapa del Arroyo los Antas y tomaban nota de los aprestos y víveres de la aventura en canoas. A medida que se acercaba el momento nuestras incertidumbres se hinchaban ¿Qué tal si el arroyo desbocado topaba con un dique natural de ramas y vegetación muerta? ¿Qué tal si dábamos con personajes poco amigables? Además, mi idea inicial de acampar a pleno monte se me había ablandado hasta a mi mismo, ¿cerca del arroyo, allí sobre el declive, y en una eventual noche de lluvia? Por todas esas razones, diagramamos un recorrido de 25 kilómetros que tendríamos que remar antes de las siete de la tarde, cuando daríamos con el puente de la Ruta Nacional 16.

A la tarde del día siguiente caminamos a casa de Valentín para ajustar los últimos detalles, cuando por el camino nos enfrentamos a una camioneta blanca de logo “Caa Güi Yara”. Un joven colono misionero y tres nativos de Buenos Aires, que eran vecinos nuestros desde Colonia Fracrán venían a visitarnos.

Evaluamos la posibilidad de que fueran parte de la travesía. Revisamos las canoas y los remos mientras caía el sol y una fina capa de nubes empezaba a mezclarse en la atmósfera de modo muy sospechoso. Merendamos el fruto de güembé y nos desplazamos hasta el galpón de tabaco donde nuestro cuidador anticipó la lluvia para el día siguiente. Que todos los pozos de agua se hubiesen secado era signo irrefutable de tempestad. La presión había bajado. El canto de las chicharras se hacía ensordecedor cuando bajamos la selva hacia las cabañas. Había todo un desafío por delante.

HACIA LAS PIEDRAS

Atamos fuertemente las canoas y nuestros tambuchos con comida y mudas secas al cachapé de Valentín. Subimos a él y empezamos a desandar los 12 km. hasta un sitio que los lugareños conocen como “La Barra”. La tormenta seguía nuestro paso tortuoso. Al abandonar las últimas casas la selva se cerró de modo notable y la huella quedó sumergida bajo el pastizal. Hubo que desjarretar algunos árboles muertos con la motosierra y encarar ciertas bajadas muy complicadas con extremo cuidado.

Pasadas las 10 el tractor llegó hasta “La Casita”, un rancho abandonado e incendiado en las inmediaciones del Arroyo Las Piedras. Adentro pudimos recoger restos de cartuchos, aunque bastante viejos.

Le echamos un vistazo al primer tramo del Arroyo Las Piedras. A un lado, un inmenso fuentón de verde y clara agua calmada y al otro unas suaves correderas (1). Valentín nos deseó suerte y sin apagar su cigarro quitó su tractor del agua y desapareció monte arriba junto a su hijo Antonito.

Inmediatamente gobernado por el entusiasmo me hice cargo de la canoa verde con El Gallego y con extremo cuidado la deslizamos sobre las correderas hacia el primer tramo del río que se presentaba navegable.

Sin quitarme las zapatillas ni los pantalones largos me adentré en ese arroyo de agua tibia y esmeralda. Nadamos, tomamos los remos y finalmente acompañamos los botes al vadeo. Martín y Marcela ya habían descubierto grandes huellas de gato en las orillas, "son del Tigre", dijo José, el único misionero del grupo, que increíblemente para nosotros andaba descalzo como si caminase por el patio de su casa.

Bajamos nuevas cascadas, pero tras los minutos la paciencia también se mojaba, y la canoa se golpeaba un poco más fuerte y continuamente, eran también frecuentes los resbalones y el macheteo de los primeros sarandíes entreverados en el curso. Ese constante agacharse y tironeo de las canoas sobre entre las caprichosas piedras y rocas forzaba la cintura y producía de tanto en tanto algún corte en la yema de los dedos. Sin embargo el hecho de estar venciendo ese lugar casi inexplorado, casi virgen y tan fantásticamente silvestre nos ponía íntimamente a la altura de alguno de los primeros exploradores de nuestros territorios cuando ellos también supieron ser inexplorados, prístinos e ingobernados.

Inmediatamente a la par del remo volaron las primeras parejas de golondrinas no identificadas, martín pescadores y arañeros ribereños. La tormenta se iba acoplando detrás nuestro e ingresamos en un abra mansa y encajonada promediando la mañana. Los nubarrones y la prominente selva trastocaron todos los colores y el río cobró una intensidad que rozaba con la negrura; inmensos paredones se cirnieron sobre el río con sus pelucas de líquenes y árboles gobernan.

Remé un tanto más lento, se avecinaba la lluvia. El arroyo era realmente profundo en ese lugar, el bote parecía sobrevolar blancos troncos sumergidos. Voló una pareja de anós (Anodorhynchus glaucus) y sobre el recodo, donde se apostaban inmensos muros de selva, una lejana claridad iluminó. En nuestro lugar una intensa lluvia comenzaba a caer y rayos de oscuridad de filtraron por la ribera. En un momento uno podía elegir si estar remando sobre un arroyo misionero o un río a la vera de los alerces patagónicos. El frío y la negrura, la lluvia y los colores eran un indómito paralelismo.

Todo tramo de remo terminaba en nuevas correderas y cascadas, la maniobra de apeo se iba repitiendo con más frecuencia y los tramos navegables se acortaban. Vana era nuestra esperanza de llegar definitivamente a un río navegable.

Martín, Marcela y yo nos intercalábamos la tarea del remo, aunque por la tarde Martín casi se adueñó y por el atardecer yo me hice responsable de continuar.

Cruzamos otros lugares calmos y abiertos, entre ellos una unión de arroyos sobre la cual debimos haber partido originalmente, era el Arroyo Las Antas, límite sur de la Reserva Yaguaroundí.

Por momentos yo abandonaba el bote y me sumergía al nado en aquellos brazos profundos, lleno de energía y sin medir por entonces lo que empezaba a imaginar sería un periplo mucho más desafiante y extenso del que habíamos planificado sobre la sombría mesa de la cabaña de Yaguaroundí.

Hicimos a un lado los botes sobre una playa de piedra y comimos algunas barritas de cereal. Martín todo el tiempo buscaba huellas y rastros de animales y Marcela andaba detrás de unas raras orquídeas. El cielo estaba calmo pero gris, no hacía calor. Pensé que secarse al costado del arroyo era un error muy grande, porque volver luego a adentrarse al agua sometía al cuerpo a un nuevo cambio de temperatura.

Hacia las 14, con un chaparrón declarado, nos detuvimos a comer. Allí sí, todos sufrimos del frío por primera vez. Bajo la humilde protección que brindaba un árbol, le comentaba a Miguel Ángel mis pronósticos agoreros sobre los tiempos del viaje. Martín opinaba que la unión de arroyos que habíamos dejado atrás parecía ser la que el mapa marcaba cercana al punto final. En tal caso ya habíamos hecho más del 60 % del recorrido, pero no teníamos precisión respecto de ello, por lo que, precautoriamente, convinimos acelerar algo la marcha.

Difícilmente puede adjetivarse de monótono el andar por el medio del monte vírgen, pero era muy decepcionante en nuestra situación no encontrar continuidad en el recorrido; denodadamente seguíamos arrastrando las canoas y el placer de la contemplación era un conjunto de pequeños intervalos. Aún así, dimos con recodos y sitios monumentales, donde el testimonio de gigantes caídos y peñones de roca blanca que daban lugar a nuevas filas de árboles atraían nuestra atención y nos conmovían una y otra vez.

Hacia las 16, momento en que arreábamos los botes por una ancha y baja corredera, divisamos restos de mandioca arrojados en la playa de piedra lateral y pudimos sentir el humo que venía desde un pique del monte vecino. Entre la vegetación un caballo relinchó y el testimonio de una poca (También llamada corzuela o venado: mazama americana) carneada en un miserable campamento de palos y lonas, nos puso sobre aviso que estábamos en presencia de cazadores, tal vez uno sólo.

Martín demarcó la zona con su GPS y Marcela tomó algunas fotos. Esto era para mí un descubrimiento más impactante que las huellas del gato onza (también conocido como Ocelote, Leopardus Pardalis) o los rastros de un Carpincho (o capibara, Hidrochaeris hidrochaeris) que Martín había localizado en un albardón de piedra unas horas atrás.

Ya nos estábamos retirando del paraje cuando alguien acotó sobre la estera de cañas del cazador, indicio de una vida brutal y dolorosa, de sórdidas y solitarias noches de monte.

Ya no llovía. El sol comenzaba a salir por el cauce encajonado, pero era demasiado tarde: bastante bajo ya, era devorado por la noche y éramos devorados por la noche.

Seguimos arrastrando los botes por esa sucesión de rápidos, pero entre la incipiente oscuridad y acompañados por los primeros signos de extenuamiento, un silencio se adueño del grupo, que siguió impasible. Completamente mojados iniciamos el tramo de remo nocturno, interrumpido por sucesivos golpes en rocas semisumergidas e invisibles que también aprovechaban la bruma del arroyo para camuflarse. El haz de mi linterna nos mostró el interior del bote: agua, desperdicios, botellas de achique y arañas, muchas pequeñas arañas.

De pronto los tres muchachos comenzaron a festejar la aparición de un puente. Un perro ladraba desde la orilla. Habíamos llegado. El misionero José se abrazaba con el Gallego revolcándose en el oscuro agua del paraje. Empecé a remar más rápido, mientras Martín con los ojos fijos en esa estructura de madera -casi medieval, diría- martilló “éste no es el puente”.

No importaba. Chorreando agua caminamos doscientos metros hacia el corazón de un pinar donde desde una casa se veía el resplandor de un fogón. Dos muchachos salieron –esperé que nos ofrecieran algo para beber o nos invitarán a pasar la noche- y nos dijeron que nuestro destino, el puente de la ruta 16, donde nos esperaba un camión, estaba a más de un día de recorrido.

PEREGRINAR

“Yo soy ese cantor
nacido en el carnaval
Minero de la noche traigo
la estrella de cuarzo del Culampajay”

(Jorge Cafrune – “La Zamba de los mineros”)

Solamente con un gran esfuerzo hecho entre cuatro, pudimos sacar los botes sobre las respingadas orillas de piedra lisa.

Decidimos que era hora de abandonar las canoas –ya bastante maltratadas por cierto-, además de los tanques, las balsas hechas de cámaras infladas (que flaco favor nos habían hecho) botas, remos y parte de lo recolectado durante el día. Comenzamos una tarea de selección de elementos que llevaríamos y aproveché la pausa para quitarme los pantalones y medias mojadas. Valle abajo se había plasmado el desgarbado perfil de la selva contrastado por la luna y la bruma que incendiaba con misterio aquel paraje. Nos alistamos definitivamente poniéndonos unos pilotos de lluvia que cubrían hasta los tobillos y que disimulaban bastante bien el revólver y el machete que llevaba.

Estábamos volviendo a un camino firme con rumbo cierto –al menos era lo que pensábamos en aquel momento- y eso había traído algo de alivio entre la tropa aún contra los caminos empinados y oscuros, barrosos. Hablábamos animados y yo disfrutaba del paisaje de ondulados e iluminados pastizales ya de lleno por un cielo con luna y goteado de estrellas.

Ante una oscura entrada de estancia compartimos las últimas barras de cereal observados por los primeros alucinados manchones de selva que despuntaban en lo alto de la colina que no terminábamos de vencer. El río había quedado ya muy lejos como demostración de que la expedición había fracasado en unos cuantos aspectos.

La Ruta 15 es sencillamente un huella de tierra y piedra extendida entre la Ruta 14 a la altura de Fracrán y la ciudad de Montecarlo sobre las orillas del Paraná, probablemente para que algunos camiones movilicen parte del ganado y la madera que ciertos estancieros poseen por esas solitarias extensiones de Misiones; durante esa noche siempre había creído estar caminando los campos y montes desiertos de un poderoso terrateniente conocido por llevarse muy mal con los Yaguaretés y vecino de Caa Güi Yara (2). Justamente, “los verdaderos dueños del monte” habían desaparecido por el camino y lo último que vimos de ellos fueron tres señales de luz que hicieron desde la lejanía.

A la vera del camino, en el que ya predominaban dos márgenes de selva a unos 20 metros, hallamos un camión dormido con una carga de rollizos nativos (3). Ahí, en ese lugar sin nombre ni señales.

Cada rato me preguntaba si Valentín sería capaz de comunicarse con Gendarmería para dar aviso de nuestra desaparición. Las condiciones estaban dadas, ya que disponía del equipo de comunicación en su chacra y siempre había desconfiado del éxito de la excursión. Habíamos transpuesto el sobrado margen para el retorno a la Reserva, y como si ello fuera poco, el camionero que nos esperaba sobre el solitario puente de la ruta 16 debió haber visto desplegarse las estrellas sin que por el arroyo Los Antas bajara rastro alguno de vida.

Al mismo tiempo nos dábamos cuenta que sólo éramos tres en el camino. Habían pasado horas sin tener referencia de Ferdinandus, José y El Gallego. Rastreamos sus huellas para chequear si efectivamente seguían su caminata por la huella o alguno de los ignotos piques que se habían abierto hacia la selva los llevaron a desviarse, en ese caso, íbamos a desandar solos sin darnos cuenta. Martín pareció ver alguna pisada en el suelo reseco, cosa que yo no pude, y luego dio orden de volver a dormir, razón por la cual probablemente haya ganado el mote de “jefe nato”.

Nos apilamos a lo largo de la huella, intercambiando algunas palabras y opiniones sobre estrellas, pero al cabo nos quedamos en silencio y arreciaron algunos minutos de silencioso y frío sueño. No sabíamos que a menos mil metros hallaríamos vida humana.

Temblaba de frío otra vez y me alegró escuchar que Martín y Marcela susurraban sobre la posibilidad de seguir caminando. Al preguntarme si estaba despierto, me incorporé un tanto con la dificultad de los temblores.

Si bien habían pasado ya larguísimas horas desde aquella mañana en que habíamos comenzado la travesía -que en nuestras mentes tan cansadas se asemejaban a días-, el ánimo siempre había estado muy alto aún en las peores desazones, y una muestra de ello eran algunos chascarrillos antológicos que hilvanamos durante todo lo que llevábamos recorrido. Ahora íbamos algo más callados pero al hallar las huellas marcadas sobre el barro de nuestros compañeros, otra vez nos volvían los entusiasmos de caminar.

Vimos una luz potente y misteriosa al llegar al primer pinar en tantos kilómetros y cuando ya se habían disipado otra vez las ganas de bromear. Marcela no dudó que eran quiénes buscábamos pero no recuerdo si el “ya llegamos” era de su autoría o cruzó algún momento por mi pensamiento.

Ver a los tres muchachos, incluído un misionero de buena madera, descansar helados bajo un pino, era para anotarse una nueva profunda decepción.

Los estábamos esperando. Nuestra reserva queda yendo por este camino, pero ya tendríamos que haber llegado, hicimos más de ocho kilómetros. – Dijo Fernando.

¿No estaremos caminando para Montecarlo? – pregunté otra vez.

En aquel momento, en que estábamos otra vez todos reunidos, pedí que el grupo no se separara más. Y al rato, aparecieron a la vera algunos extensos tabacales y enormes secaderos que nos traían lejanos ladridos de perros. Una buena señal sumada al alivio de repartir la desgracia entre seis. Marcela no estaba bien, aunque en aquel momento pensaba que Martín la abrazaba durante la marcha porque padecía de la frescura de la noche de serranía, en realidad se le dificultaba caminar porque estaba cerca del desmayo.

Transcurrió algún kilómetro más, y de pronto uno de los muchachos encontró el acceso a Caa Güi Yara, marcada por una austera chapita de bronce clavada a un árbol.

Descendimos por un camino embarrado y oscuro, que solamente mi linterna de vincha, llevada al cuello, podía iluminar de a ratos. Cruzamos un tabacal y fuimos a dar a un opaco ranchito delimitado por unas cercas de rama, la antesala de Caa Güi Yara.

Nos sentamos en unos pequeños bancos y pequeños tocones de madera ubicados en la galería del ranchito. Martín se apresuró en pedir sal y un vaso de agua para Marcela que estaba a punto de desplomarse.

Final felíz para una aventura inolvidable, yo soy el de la izquierda, seguido por Atilio, Marcela, Bernardino, Fernando, José medio escondido al fondo y Miguel Angel (el Gallego), en Caa Güi Yara.El rancho de Caa Güi Yara (en guaraní “verdaderos dueños del monte”) se sostenía en un punto muy elevado de la serranía desde donde podía verse un interminable oleaje de selva por varios kilómetros a lo largo y ancho. Pero recién estaba clareando por la loma del tabacal, como eran las cinco de la mañana la frescura de la noche ya era un frío declarado y nuestros pies descalzos, embarrados y adoloridos estaban con una extraña sensibilidad.

El Gallego hervía agua en un pequeño calentador, mientras Fernando nos arrimaba una tortas fritas y se disculpaba a cada momento por la humildad de la posada. Es que toda esa noche habíamos especulado con llegar a ese imaginado sitio para dormitar un poco en el piso y beber algún mate nocturno y, estar ahí al final, era un hecho que no merecía ningún perdón por parte de ellos, más bien éramos nosotros quiénes nos sentíamos algo avergonzados por nuestros errores de cálculo.

Marcela estaba un poco mejor. Lo había hecho bien durante toda la aventura, mas no quería felicitarla porque me lo atribuía como un acto de machismo, “¿por ser mujer?” me preguntaba. ¡Qué tontería!

Atilio, que se había quedado en Caa Güi Yara macheteando bajo una furia de granizo que había azotado Colonia Fracrán, había destapado una sidra fría añejada misteriosamente en la casa.

La aventura, con final feliz, como lo esperábamos. El interrogante eran las del mayor o menor número de peripecias y el horario de llegada. La unión de grupo, una inédita fortaleza física y un positivo brillo mental a lo largo de 24 horas nos habían alejado de víboras, picaduras de insectos, yuqueríes, heridas pesadas y desgano, y la recompensa estaba ahora en esa casa sobre el monte, intercambiando las primeras ideas a futuro, unos mates y tortas fritas. En definitiva era muy poco el cansancio, el frío matinal y las heridas en los pies como para opacar la hazaña interselvática.

Franco Vacarezza.

Reserva Privada Yaguaroundí.

- Ver Mapa satelital de Misiones con la ubicación relativa de la Reserva Privada Yaguaroundí, donde se llevó a cabo la travesía.


Los pié de página y las itálicas las agregamos para aclarar o representar hechos o datos que pueden ser desconocidos por muchos o tener diferentes significados en otros países donde hay miembros de la Red Tigrera, como los nombres científicos para identificar animales mencionados con nombres de uso local o regional.

1.- Correderas se llama en Misiones a las partes de cursos de agua que presentan menos profundidad y por las que el agua "corre" de manera más evidente, generalmente debido a que las piedras y rocas del fondo sobresalen y el aguar parece desplazarse con más velocidad. Como habrán percibido en el relato, son muy frecuentes.

2.- Caa Güi Yara significa "Los verdaderos dueños del monte" en lengua Guaraní, la etnia aborígen propia de Misiones, pero en este caso, da nombre a un pequeño refugio privado de 33 hectáreas ubicado cerca de Yaguaroundí, en Fracrán, que fue el destino final de la travesía.

3.- Los Rollizos no son otra cosa que troncos de árboles cortados, en este caso, con algún fin comercial y correspondían a especies vegetales nativas, es decir, autóctonas.

 


Los interesados en recibir noticias al respecto pueden anotarse en la
Red Yaguareté.

 

Imprima esta página.
Imprimir

 

Los interesadas en reproducir total o parcialmente este artículo o sus fotografías pueden hacerlo siempre y cuando no persigan fines o propósitos de lucro, en todos los casos deberán citar a los autores (de textos y fotografías) y la fuente original (de ser un medio electrónico, con un link activo hacia www.RedYaguarete.org.ar). Quienes sí persigan propósitos de lucro deberán solicitar autorización previa contactándose a

 


Principal | Quienes Somos
Salta y Jujuy | Misiones | Región Chaqueña | Biología
Fotografías | Libros | Folletos | Afiches | Banners |Relatos Imperdibles
Encuentros hombre-jaguar | Denuncias | Campañas | Galería de fotografías
Políticas de privacidad | Asesores | Red Yaguareté

UNITE a la Red Yaguareté

Buscando una Estrategia Nacional de Conservación del Yaguareté

Buscar en nuestra web   powered by FreeFind

Red Yaguareté
Fundación sin fines de lucro
Buenos Aires - Salta - Resistencia
Argentina